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Miguel Correa Mujica, Miami 'Posesas de La Habana' y de la época Publicada por PurePlay Press en 2004, la novela Posesas de La Habana, de Teresa Dovalpage, se aparta significativamente de sus contemporáneas en doscategorías: el lenguaje y la estructura del texto. La obra está narrada en monólogos que transcurren en medio de un apagón generalizado en La Habana de los años noventa: la acción ocurre en un setting completamente a oscuras. No he encontrado una clasificación que defina Posesas de La Habana, incluso tras repasar el concepto de realismo sucio que desde hace algún tiempo se manosea dentro de la novísima literatura hispanoamericana y que es atribuido a varios autores: Fanes y Bukovski, y el cubano Pedro Juan Gutiérrez, entre otros. Este género tiene que ver con la exposición de la miseria humana, social, espiritual…, con su correspondiente impacto en lo textual. Y también se asocia a la marginación de la existencia, con la vulgaridad que el vivir implica. Si este concepto es válido no tengo certeza de que lo sea, la obra podría catalogarse como del realismo sucio, por su lenguaje y su argumento. Sin embargo, Posesas… tiene otras intenciones que van más allá de plasmar la obscenidad de ocasión, la vulgaridad o el último abuso padecido. La novela recoge los pormenores de una sociedad que se desintegra en sus valores más esenciales; que se descompone a pasos agigantados en medio de consignas revolucionarias en las que ya nadie cree y bajo el implacable calor tropical. No es sólo el futuro lo que peligra en esa sociedad (eso quedó muy atrás), sino cosas más concretas, como el bocado que ha de llevarse a la boca diariamente, el pedazo de tela para cubrirse, o el par de zapatos para remontar las montañas de escombros. De ahí que los personajes narren las técnicas utilizadas para asumir la quimérica tarea de sobrevivir en un contexto desprovisto de alimentos y de bienes de consumo, y también de los más elementales valores morales. La generación de la revolución Son cuatro los personajes importantes en la novela de Dovalpage, sobre los que descansa toda la armazón argumental: la Abuelonga o Bárbara Bridas, mima Barbarita, Elsa y Beiya. Pertenecientes a diferentes generaciones de una misma familia, ellas viven hacinadas en un pequeño tugurio de La Habana, unidas por la necesidad, el desamor, la desconfianza, el calor, el apagón y el chismorreo. El discurso de cada una se hace más grotesco según la descendencia. La más joven, Beiya, es la culminación de la marginación y ha ido "recogiendo lo peor de cada antepasado", según palabras claves de mima Barbarita. En la obra apenas hay descripciones del ambiente y los personajes exponen siempre sus miserias en primera persona. Dovalpage parece abandonarlos a su suerte; los deja hablar sin intervenir. Difícil técnica que se logra cuando estos tienen una representación directa en la realidad extratextual; de ahí su autenticidad. Bárbara Bridas, Barbarita, Elsa y Beiya son personajes arquetipos de diferentes generaciones. Apenas comienza la novela, el lector entra en sus mundos larvarios. El deterioro moral avanza con cada página y el apagón se dilata. Las historias son cada vez más desvergonzadas, más aterradoras, más marginales. En el último capítulo, que protagoniza Beiya de la generación de la revolución e "hija del período especial", no queda espacio para la compasión o la piedad: la niña es un ser terrible que ha aprendido las estrategias, los trucos, las maquinaciones, para sobrevivir en la Cuba actual. La vida tiene otras reglas para los cubanos en la Isla, y Beiya las conoce a la perfección. De unos once años, Beiya es el producto de la generación más desposeída y desvalorizada: la de la revolución. Su condición de receptáculo final de la marginación la hace experta en las técnicas de supervivencia. A Beiya sí que no hay quién le haga un cuento. La niña está capacitada, como ningún otro personaje, para manipular las circunstancias a su favor y subsistir en medio de las plagas. El lector experimenta una violenta sacudida cuando afloran las aspiraciones más sublimes del personaje: la posibilidad de que alguien en su familia se convierta en jinetera ("una que se abra en dos la cachemira"), tener una madre que se vaya a "buscar pepes al Malecón", unos cuantos chocolates y un litro de leche… Beiya lamenta que no haya "ni un salao macho en la familia", pues los machos son los que "traen fulas y buena jama para sus casas". La niña conoce en qué dirección giran las ruedas dentadas de esa sociedad donde el destino o los dioses la tienen condenada. Ella roba a sus familiares (ni siquiera los vínculos sanguíneos la detienen) sin el menor pudor, decoro o asomo de culpabilidad. Como todo es siniestro, siniestra será también su conducta. Beiya es el personaje más auténtico de la novela, quien mejor describe el mundo que le rodea. Su discurso lleva el sello de la transgresión y la impudicia, también de la autenticidad y el desamparo. Carga con la sabiduría, la marginalidad y el desencanto de tres generaciones anteriores. Cuando se lee su larga arenga, uno se da cuenta de que ha dicho toda su verdad, todo su dolor, sin, eufemismos ni vacilaciones, ni la menor reticencia. Por ella nos enteramos de que fue cierta la infidelidad de Esteban hacia mami Barbarita, que también es un hecho la prostitución masculina y homosexual de Erny, que la vida es "un televisor en colores" y un poco "de jamón Tulip", y también de las razones por las que su madre Elsa no encuentra marido. Gritos de los condenados El lenguaje de Posesas… es violento y obsceno a ratos, pero cuestiono que exista otra manera de expresar el clamor y la furia de unos personajes y de un pueblo con quienes se han ensañado unas circunstancias y una época. Tal vez sea ese lenguaje, agresivo y terrible, el único capaz de reflejar los gritos que emiten las víctimas de ese cruel (y ya excesivamente prolongado) experimento. La novela no es sólo un análisis sobre los estragos que la amoralidad y el desamor pueden ocasionar en la conducta humana, es también un manual de instrucciones dirigido a quienes quieran conocer cómo se las arreglan los cubanos en la Isla, cuyo centro gravitacional como el de esos enormes black holes no permite que salgan siquiera los gritos de los condenados. |
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