CubaEuropa

Octubre, 2004

Escribir sobre Cuba en la distancia

(publicado online en Cuba Europa)

Escribir sobre Cuba sin vivir en la isla es un arma de doble filo. Las ventajas son innegables: aquí en mi casa de Albuquerque no le temo a un censor que, leninistamente provisto de un mocho de lápiz rojo, tache y corrija mis escritos. Puedo dejar correr los dedos sobre el teclado sin que la voz de alarma (reflejo casi condicionado que tiene todo el que ha escrito, o tratado de hacerlo, alguna vez en Cuba) me detenga en el medio de una frase que podría interpretarse de manera torcida. Y conste que tal reflejo no surge solamente en medios literarios. Cuando era profesora de inglés en el ISPJAE, en 1992, presenté una vez un plan de clases al jefe del departamento. Éste, escamado, me ordenó sustituir la frase "composición de tema libre" por la políticamente correcta "composición de asunto voluntario". Por otro lado, en los pocos talleres literarios en que participé, los censores solapados estaban prestos a echarse sobre cualquier muestra de influencia burguesa o (¡peor aún!) extranjerizante como el gato sobre el ratón. De modo que, cuando me viene todo eso a la mente, bendigo la hora en que me alejé del terruño.

Pero las desventajas de escribir separada del mismo, aunque intangibles, se dejan sentir con frecuencia. Sin hurgar en las razones sentimentales, las puramente lingüísticas constituyen un reto. ¿Cuántas palabras o frases nuevas han surgido en el habla popular cubana en los últimos diez años? Hace unas semanas, en conversación telefónica con una amiga de La Habana, me soltó ella, de lo más orgullosa, que su marido acababa de armar un riquimbili. El riquimbili, descubrí, es una especie de bicicleta con motor que ayuda a los cubanos de la isla a transportarse de un lugar a otro a falta de autos (¡Dios los diera!) guaguas, motocicletas o caballos.

Cuando escribí A Girl like Che Guevara el distanciamiento me ayudó a enfocar con mayor nitidez pasajes de mi adolescencia. Probablemente porque no escribí esta novela en español, la falta de contacto con el habla cubana no constituyó un obstáculo a la hora de expresarme. Más trabajo me dio llevar al inglés conceptos tan extraños a la cultura estadounidense como "juguetes básicos y dirigidos," "talleres ideológicos" y "expediente político del estudiante" que me obligaron a largas digresiones a fin de no dejar a mis lectores en el limbo. Con mi novela en español Posesas de La Habana sí sentí los inconvenientes de la lejanía. En mi época de estudiante se le llamaba "agitado" al que no sabía defenderse, se decía que "a esto le ronca malanga y su puesto de viandas" cuando algo se salía de lo común y "embarajar" era hacer trampas. Al describir la vida de hoy en La Habana, vista por una niña de once años, temo haber incurrido en flagrantes anacronismos al usar expresiones que eran populares en los ochenta. En mi descargo puedo decir que una escena en que esta niña describe el regreso a Cuba de Elián González es simplemente la transcripción exacta de lo que me dijera una cubanita de diez años con quien tuve ocasión de hablar. Sin embargo, el hecho de no hablar español todos los días me causa con frecuencia antojo del idioma. Antojo que se satisface leyendo, si no es posible más…No cambiaría, con todo, la experiencia de escribir en libertad pese a la añoranza del sabor del idioma que a veces se diluye en la distancia.



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