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Octubre, 2004 Una sesión de taller literario A partir de la década de los sesenta una tufarada de neologismos se extendió por los medios de comunicación cubanos. Pululaban las referencias al "parametraje artístico," a los "talleres literarios" (con sus derivados "tallerear" y "tallerista") y al temido "diversionismo" al que generalmente se le añadía el calificativo de ideológico. Por cierto que mi corrector automático de ortografía se niega, quizás aquejado de diversionismo semántico, a reconocer los tres últimos. Los talleres literarios florecieron en La Habana durante los setenta y con mayor pujanza aún, en los ochenta. Algunos se efectuaban en Casas de la Cultura, muchas cerradas hoy o dedicadas a actividades más lucrativas léase turismo. Cada tallerista llevaba sus poemas o cuentos en diversos estados de (des)composición para ser criticados, analizados, revisados, hechos leña, en fin, por sus co talleristas y por el jefe del taller. Personalmente, no me gusta enseñar a nadie mis escritos a medio concluir. Me parece similar a dejarme ver con la cara untada de crema o atroz costumbre habanera de la misma época con los rolos en la cabeza. Pero para gustos se han hecho colores. De cualquier forma, en las ocasiones en que asistí a algún taller, no pude menos que admirar la tremenda capacidad autocrítica y sobre todo crítica, de los participantes. Recuerdo en particular un taller que se reunía por las noches en el edificio de la facultad de economía de la universidad de La Habana. Su director, que tenía un apellido con resonancias parisinas, estaba concluyendo una oda al "rojo pueblo que vive allá en el campo azul" dedicado a la localidad de Bluefields, Nicaragua. Allí había actuado como comisario literario (otro aporte cubano a la semántica castellana) durante varios meses. En cada reunión nos regalaba los tímpanos con al menos un par de "cantos" en los que predominaban, desde luego, alusiones a la aurora púrpura de Moscú, al siempre invicto comandante y a la hoz y el martillo, mientras elevaba los ojos a un enorme afiche del Che que, impertérrito, nos contemplaba desde la pared. Una noche, después de sufrir el martilleo de rutina, un muchacho cuya melena por los hombros trascendía a freaky a media milla se permitió leernos un poema de su cosecha. Trataba sobre "un gran árbol de frutos multicolores que clavaba sus ramas en el cielo". (Es curioso como ciertas frases se quedan prendidas en la memoria, para soltarnos un pinchazo cuando menos lo esperamos.) Al oír aquello, el ex comisario político pegó tal salto que el occipucio le retumbó contra la pared desde donde nos vigilaba el Che. Qué era eso de estar haciéndoles poemas a los árboles de Navidad, protestó ardiendo en sacra furia socialista, cuando todos debíamos saber que no eran más que porquerías burguesas, rezagos del pasado, y por lo tanto habían sido prohibidos hacía un montón de años por el (siempre invicto) comandante. ¡Ah! El desdichado tallerista juró por los huesos de Lenin que la idea de cantar a un árbol de Navidad no le había pasado jamás por la cabeza. Que se trataba sólo de una metáfora multicolor. Que lo entendieran, por favor. Para concluir, lavó su pecado original a la vista de todos: hizo pedazos el poema. A punto de llorar, zumbó las astillas del árbol ya desnavidado al cesto de basura. Según supe más tardes por asiduos talleristas, aquel pobre peludo no volvió a asomar por allí. Lo que me trajo este incidente a la memoria fue un comentario, encontrado en mis andanzas por Internet, sobre el taller literario La Montaña Mágica, que funciona en el Sanatorio de Santiago de Las Vegas. En esta institución (el sanatorio, claro) se recluían hace quince años, de grado o por fuerza, a los enfermos de SIDA en Cuba. Debido al alarmante número de seropositivos, el internamiento es ahora voluntario. Me pregunto cómo funcionará el taller. Me pregunto si los parámetros artísticos para los nuevos talleristas pondrán menos énfasis en el diversionismo ideológico y si su director será algo más flexible que el comisario de las letras de nombre casi parisino. Sobre todo, espero que más ningún poeta se vea obligado a destrozar su obra bajo la mirada perforante de un afiche del Che. Teresa Dovalpage |
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