El Ateje: Revista de literatura cubana

Febrero, 2005

Gerundiando

Teresa Dovalpage

Los gerundios tienden a provocar agudos dolores de cabezas en quienes traducimos del inglés al español. En español, los gerundios terminan en ando, iendo o yendo y suelen emplearse en construcciones como "estoy hablando", "está escribiendo," etc. No es muy frecuente tropezarse con uno al comienzo de una oración. Sin embargo, en inglés su uso es más extendido, pues se les encuentra en muchas ocasiones que en buen castellano reclaman el infinitivo. La frase Learning a new language, por ejemplo, suena mejor Para aprender un nuevo idioma que Aprendiendo un nuevo idioma, o que (¡horror!) Aprendiendo un nuevo lenguaje. (Dejo para otro día la diferencia entre idioma y lenguaje.)

Cada traductor tiene sus manías, ciertas construcciones que le producen particular disgusto (las pet peeves del inglés) y la mía es, indudablemente, el gerundio. Hace varios años trabajaba en una oficina de San Diego y me tocó en suerte editar la traducción que un colega había hecho sobre el divertidísimo tema del funcionamiento de una computadora. Se trataba de un manual de instrucciones y cada acápite comenzaba en inglés con un gerundio: "using the keyboard," "solving printing problems," etc. El respeto al idioma de Cervantes reclamaba el empleo de un infinitivo (para usar el teclado) o de un sustantivo (uso del teclado) en cada caso, pero el colega había mantenido la sintaxis inglesa y aquello sonaba a jerga tarzánica. Fui a su cubículo y le pedí que corrigiera él mismo la traducción. Como el hombre era un argentino de buena pasta, aceptó mis explicaciones y quedó en mandarme de vuelta el documento en media hora.

Cualquiera pensaría que no es necesario tomarse tanto trabajo por un simple manual técnico al que nadie va a mirarle las costuras gramaticales. Y probablemente tendría razón. Pero el gremio de los perfeccionistas al que pertenezco no entiende de razones. A la hora y media nuestra administradora (¡no la manejadora!) me preguntó si estaba ya editado el trabajo. Para no dejar en mal lugar al otro traductor, dije que casi y volví a su cubículo. Allí estaba aquel bendito, al parecer hipnotizado frente a la pantalla de su Mac.

–Chico, ¿cómo no me has mandado la traducción? –lo sacudí–. ¿Se puede saber qué estás haciendo?

Y el colega, sin separar la vista de la pantalla, me contestó:

–Todavía gerundiando, che…



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